Pregón Semana Santa 2010 por Dª María Penalva Gómez

PRESENTACIÓN por Dª Manoli Mirete Penalva

Buenas tardes a todos:

Con una felicidad inmensa voy a llevar a cabo la presentación de la pregonera de la Semana Santa 2010, MARÍA PENALVA GÓMEZ, mi tía María.

            Mi presencia en este preámbulo se debe a que ella misma hizo que me  comprometiese  a presentarla si aceptaba hacer el pregón … y aquí estamos las dos.

            Cuentan que el primer sonido que escuchó junto con la voz de su madre, fue el piar de los gorriones anidados en la gran acacia situada en la esquina del  bar del Ibáñez, en la carretera, cuando vino al mundo un nueve de mayo de 1923. Pronto cumplirá 87 años.

             Es mi tía María la mayor de los  hijos habidos en el matrimonio de Antonio y de Milagros, y como tal, siempre ha ejercido de hermana mayor de su Milagros, de su Manola y  sobre todo de  su hermano Antonio, al cual le profesaba y profesa, un cariño especial, no sólo por ser el más pequeño sino por su condición de sacerdote, orgullo máximo para una familia cristiana.

             Contrajo matrimonio en septiembre de 1952 con Miguel Ferrández Rocamora y fruto de esta unión son mis primos María Dolores y Miguel, los cuales le han dado cinco nietos, que siempre han estado y más hoy, muy orgullosos de su abuela.

             Yo tengo muchos recuerdos de ella desde mi niñez, porque iba muy a menudo a su casa.  Me acogía con los brazos abiertos, sonriente, y  además me  daba galletas.

             A su puerta nunca había que llamar, estaba siempre abierta, porque si bien es una persona hospitalaria, allí estuvo ubicada, durante más de treinta años, la Oficina de Correos. En cualquier momento del día se podía acudir a comprar un sello, recoger un paquete o bien estaba dispuesta para leer o contestar a la carta  que había recibido del hijo, que se encontraba haciendo el servicio militar o trabajando en el extranjero.

            El patio de la casa estaba ocupado por máquinas de coser, en donde enseñó a bordar a muchas jóvenes. Éstas acudían allí para realizar su ajuar y al mismo tiempo, en determinadas fechas,  confeccionaban las cintas para las carreras de bicicletas de las  fiestas de San Juan, el barrio de Los Dolores y San Felipe. He de destacar la rotulación paciente de las letras de los bordados que llevaba a cabo mi tío Miguel.

         Mientras que el devenir de la vida se fue llevando estas facetas, su  implicación en determinadas tareas  de la parroquia ha ido aumentando, ya que desde siempre ha colaborado activamente en las cosas de la iglesia. Desde muy joven participa en el coro de mujeres, colabora en la limpieza del templo y hoy, además de ser responsable de la misma, intenta ayudar en lo que se le pida. Además pertenece al grupo de Vida Ascendente.

         Su participación en la Semana Santa a lo largo del tiempo ha sido constante. Pertenece desde sus inicios a la cofradía de La Virgen de los Dolores y de La Soledad, a la cual ha acompañado, a veces, vestida de manola. Por todo ello, al ser este pregón  una  parte de la Semana Santa  no ha querido rehuirlo.

         Aunque es una mujer que no ha tenido estudios, le ha gustado mucho leer, estar siempre informada  y viajar, sobre todo a lugares sagrados.

         Uno de los pilares de su aprendizaje fue su tía Manuela Penalva Zaragoza, madre  del sacerdote D. Jerónimo Márquez. Su tía Manuela tenía una escuela en   ”El Cuartelillo” lugar que ocupa actualmente la farmacia de doña Pilar  y allí, fue  en donde nuestra pregonera aprendió a leer, a escribir, a hacer cuentas, labores y además se  inició en el conocimiento de la Historia Sagrada. Pero principalmente lo que su tía le transmitió fue  su profundo amor por la Purísima.

          Poseía aquella mujer una gran sensibilidad y facilidad para la creación literaria, por ello, ante cualquier evento relacionado con la parroquia,  elaboraba una composición y María, desde bien niña, era la encargada de aprendérsela de memoria y de  recitarla debidamente. Aún hoy las recuerda al pie de la letra y podrán comprobar a lo largo del  pregón cómo declama.

         Debo decirles que lo que más admiro de mi tía es que siempre ha intentado e intenta llevar una vida en coherencia con los valores y creencias cristianas, y que  siempre nos ha transmitido su fe con una gran convicción. He de reseñar, además, su innegable amor por su pueblo y por España.        

          Por último, quiero manifestar que tanto para ella como para  sus hermanas, el núcleo fundamental de sus vidas es la familia. Por ello, todos los primos e incluso nuestros hijos, nos identificamos y nos sentimos miembros de una misma familia, la de las Penalvas.

          Y ahora tía, te cedo la palabra  como pregonera de esta semana Santa.

PREGÓN DE LA SEMANA SANTA DEL AÑO 2010

 por María Penalva Gómez

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Sr. Cura Párroco.

Sr. Presidente y miembros de la directiva de la Junta Mayor de Cofradías y Hermandades de la Semana Santa de Catral.

Excelentísimo Señor alcalde

Distinguidas autoridades civiles y religiosas.

Pregoneros que me antecedieron.

Queridos amigos.

         Muy buenas tardes  y ante todo, gracias por vuestra presencia en este acto.

         Cuando hace unos meses la Junta Mayor de Cofradías me propuso que fuera la pregonera de la Semana Santa 2010,   me situó ante la incertidumbre de aceptar o no esta distinción. Por una parte, no me consideraba la persona más indicada para recibir este gran honor. Y por otro lado, si aceptaba no sabía  si me vería con las  fuerzas suficientes para asumir la gran responsabilidad que conlleva el transmitir a todos los que ahora me escucháis este mensaje: Anunciar la  Semana Mayor de nuestro pueblo, que  celebraremos, Dios mediante, desde el próximo 28 de este mes al 4 de abril.

         Fueron noches de inquietud, de invocar ayuda reiteradamente al Sagrado Corazón de Jesús, para salir de este compromiso o en el caso de que aceptara, me auxiliase. Después animada por mis hijos, mis hermanas, nietos y sobrinos… dije: Sí, lo voy a hacer.

Y aquí estoy ante ustedes de buena fe y mejor voluntad.

Me vais a permitir que dedique este PREGÓN:

  • A la memoria de mi marido, Miguel, y mis otros familiares ya fallecidos, con la confianza que desde el cielo me están ayudando.
  • A todas aquellas personas, gracias a las cuales los hechos que evocaré fueron posibles.
  • A la Junta Mayor de Cofradías  y a los cofrades que anteponen su trabajo en la Cofradía a su descanso, con el fin de engrandecer nuestra Semana  Santa. Fruto de ello es el magnífico  Encuentro  Diocesano de Cofradías y Hermandades  que se celebró hace unos meses y que fue todo un éxito.  Mis felicitaciones.
  • Y permitidme recordar a mi tía Dolores Sirvent, ya que gracias a su generosidad, podemos disfrutar hoy de la Capilla de la Resurrección, sede de la Junta Mayor de Cofradías.

 

         Nos disponemos a celebrar con fe y devoción la Semana Santa en nuestro querido pueblo. Días sagrados en los que la Iglesia celebra los misterios de nuestra salvación, realizados por Cristo en los últimos días de su vida, comenzando por la entrada en Jerusalén, el Domingo de Ramos, y culminando con su Resurrección gloriosa el Domingo de Pascua.

         En esta Semana celebramos “el Triduo de Cristo crucificado, sepultado y resucitado”, mientras bellas imágenes,  nuestros “pasos”, salen en procesión por las calles más antiguas y tradicionales. Son los mismos semblantes doloridos que recuerdo desde siempre: Nuestro Padre Jesús, El Cristo de la Salud, La Virgen de los Dolores, la Soledad, el  Sepulcro  y San Juan. Hoy acrecentados con algún rostro  más, como los de Jesús Triunfante, La Verónica, Jesús Cautivo, Nuestra Señora de la Merced y el Cristo de la Misericordia.

          Todo ello me lleva a retroceder en el tiempo hasta los años 1943 y 1944. Permitidme que mencione en este instante a Sebastián Sierras, el tío Sebastián como le decíamos. Era una  persona profundamente  apasionada por las tradiciones de nuestro pueblo. Se preocupó con desvelo por fomentar la cultura entre los jóvenes de nuestra época. En el ámbito religioso también fue fundamental, pues los diferentes actos que se realizaban en la parroquia: liturgias, cantos, misas…, fueron engrandecidos por el trabajo  incansable de este  hombre.

         Por estos años, un día nos dice:

Señoritas, la Iglesia necesita dinero para su restauración. ¡Hay qué mover!  y como pronto vendrá la Semana Santa, ¡vamos a representar la Pasión!

         “La  Pasión y Muerte de Jesús”,  era un libreto en verso que él tenía. Mi padre, Antonio Penalva, y Carmelo Serra, clarinetistas de la banda del Teatro, le pusieron música años atrás, cuando se representó en 1923 por vez primera, con el propósito de recaudar fondos para la construcción del teatro Latorre. En aquella ocasión, año de mi nacimiento, interpretó el papel de Jesús el mismo tío Sebastián; la Virgen fue la Manuela “La Lila” y la Verónica “la tía Concha el Huerto”.

         En la reposición que llevamos a cabo en el año 1943 participamos un gran número de personas. Todas con gran ilusión y entusiasmo aceptamos este gran reto. Después de cenar quedábamos para los ensayos. Éstos eran al principio en  la casa del tío Sebastián y cuando ya estaban avanzados nos trasladábamos al teatro, lugar en el que se representó. Los decorados y el vestuario fueron encargados a  la empresa Salazar de Alicante. El éxito fue arrollador, tanto que al año siguiente se volvió a representar.

         Entre los participantes en la obra recuerdo, entre otros muchos,  a Miguel Sánchez en el papel de Jesús; Aurelia Domenech y Lola Ruiz personificaron, cada año una, a  la Virgen; el tío Modesto fue San Pedro; Juan de Dios de la tía Doloricas “la Toca”, San Juan; D. Arturo y José Llopis  interpretaron a  Anás y Caifás, respectivamente; Anselmo Morante a Judas; Carmen López a la Magdalena; José Mª Alonso hizo de  Poncio Pilato y Lolita “la boticaria”  de la mujer de Pilato; José Mª Guirau dio vida a  Nicodemo; Concha Llopis representó a   una criada … y quien os habla,  escenificó el papel de la Verónica.

           ¡Nunca pensé que esta obra y principalmente mi  personaje llegaran a impactarme de esta  forma!

         Tanto es así, que el hilo conductor de mi pregón, va a centrarse en ir recorriendo la Semana de Pasión recitando fragmentos de este libreto perdido, pero que gracias a Dios, quedó en mi memoria  enteramente grabado.

         Eran estos tiempos de escasez y de penuria. Algunos quizás no habíais nacido, otros erais niños o jóvenes como yo, pero para mí, eso está ahí mismo, a la vuelta de la esquina.

         La religión era un elemento natural en nuestras vidas. Todo el año estaba acompañado de alguna manifestación religiosa: el mes de las almas, las  conferencias cuaresmales, los  ejercicios espirituales, las  novenas,…  Esto ha ido cambiando al igual que nuestro pueblo.

         Era éste bastante diferente al de ahora. Las calles llenas de hoyos, que en  los días de lluvia se convertían en grandes charcos y después en barro. Era la calle una prolongación de nuestras casas. Y como tal, era nuestra responsabilidad barrerla y  rociarla por la mañana temprano. Quitábamos el polvo, la suciedad y   los excrementos de los animales. Éstos  se  recogían como abono para las macetas. Macetas que, posteriormente,  lucirían, con gran esplendor en los altares del Corpus y en el Monumento.   Los rebaños de cabras  pasaban a sus anchas por ellas  para llegar a los barbechos de alguna finca, en donde poder pastar. Los carros tirados por yeguas o las carretas por vacas,  antes de seguir a su destino, debían de parar  para que  sus dueños reparasen fuerzas en el bar “El Vapor”, propiedad del Ibáñez, en algún bochinche,  o en la puerta del tío Mayo, que era el herrador del pueblo.

         Por la mañana  los  hombres iban a la plaza a buscar el jornal. Una vez conseguida la faena  acudían a la huerta, andando los más; en bicicleta, otros. Las mujeres también se desplazaban a los bancales a realizar diferentes tareas agrícolas, otras iban andando a las fábricas de tomate en Dolores y Almoradí y todas realizábamos, además,  las tareas de la casa; no  teniendo las comodidades de hoy. Recuerdo que el lunes era el día de ir al azarbe de La Partición a lavar, allí se comentaba lo que había ocurrido durante la semana.

         Los niños y niñas iban a la escuela.  La mayor parte de sus juegos, “la coroneja”, “el rogle o corro, los “sosalotes”, la trompa, la pelota… se realizaban en la calle. Otro lugar de juegos habitual era la Acequia Mayor, una parte vital de Catral, pues gracias a dicha Acequia, se regaba, se bebía y hasta se bañaban cuando apretaban los calores.

         Los de mi edad, los domingos, paseábamos por la carretera hasta “el puente que cruzaba la Acequia Mayor”, junto a la casa de mis padres. Además, por la tarde, había baile en el teatro Latorre y después sesión de cine. El resto de la semana por las tardes las chicas hacíamos labores.

         Cuando el día terminaba,  las luces  situadas  en alguna esquina del pueblo,  guiaban a los últimos transeúntes, que se retiraban  después de haber jugado alguna partida clandestina en el casino. Éste se encontraba situado junto al teatro, con entrada por la calle San Juan.

                   Pasada la Romería de Santa Águeda, tocaba levantar la hoja del almanaque para comprobar cuándo caía, ese año, la Semana Santa, cuándo el Miércoles de Ceniza y cuándo el Jueves Santo.

         Comenzaban los siete domingos de San José, una tradición muy arraigada en aquel tiempo, celebrada con gran esplendor. Por la mañana la misa y por las tardes se exponía el Santísimo cantándose los dolores y gozos a San José.

        Así decía el primer dolor:

Con gran disgusto José oía

  la profecía de Simeón,

más grato, escucha que tanta pena

al hombre llena de salvación.”

         Al llegar el Miércoles de Ceniza,  acudíamos a misa a la imposición de la misma. A partir de ese día  se tapaban todos los santos de los altares con fundas moradas. Durante todos los  viernes de  la Cuaresma, volvíamos a ir a  la  iglesia a  realizar “los pasos” que era un viacrucis. En cada estación entonábamos un canto relacionado con la misma.

 

 “Jesús víctima escogida,

condenado es a morir;

para dar eterna vida,

quiso tal suerte sufrir.”

 

         Como culminación de la Cuaresma y antesala de la Semana Santa, se realizaba el Septenario de Dolores.

Se rezaba el rosario y se recitaba el dolor correspondiente al día junto con sus cantos. Tanto en éstos, como en los Siete Domingos, participaban en el canto Teresa Berenguer, Carmen Alonso, su hija Maravillas y la señora Inocencia, mujer del tío Paco Costa,  organista de la parroquia. La señora Inocencia era la que iba introduciendo en los cantos religiosos a las jóvenes, entre las que me encontraba yo.

                   El canto del Septenario se conserva actualmente por la actitud y  perseverancia del coro de mujeres. De aquel grupo originario de los años cuarenta solamente quedamos mi hermana Milagros y yo, además del  organista, Luis Rocamora, que  gracias a su buen hacer y memoria, se pueden seguir interpretando las distintas canciones, ya que se carece de las partituras de las mismas.

                  Así dice el cuarto dolor:

“Duros hierros mortifican

a mi Jesús sin razón.

Mas, ¡ay! También crucifican

sus clavos mi corazón.”

         El frío invierno ya  quedaba atrás y entraba una nueva estación.  La  Semana Santa ya está aquí: Es Domingo de Ramos.

          En un principio, la procesión de las Palmas, consistía en dar una vuelta a la plaza. Cuando se salía, las puertas del templo se cerraban y al volver, el sacerdote daba tres golpes. Las puertas se volvían a abrir y entrábamos cantando el Hosanna, cántico procedente  precisamente del argumento de  La Pasión. que hasta hoy perdura, y siguen cantando las nuevas generaciones

  “Con palmas y olivos  

 alegres cantad,

 y pintan las flores,

de lindos colores,

hijas de Judá, llegad, llegad.

Que Jerusalén, anuncio del bien,

al Hijo de Dios,

con gran alegría van a recibir.

Cantad con fervor

¡Hosanna, Hosanna!

al Redentor

         Años más tarde, el Padre Alejandro Aranzábal, conocido por todos como, “el Padre Topolinos”, que venía a predicar los Dolores de la Virgen y el resto de actos de Semana Santa, amplió el recorrido por la calle San Juan, pasando por el callejón del Pósito (calle Cervantes) y volviendo a la plaza por la calle Santa Bárbara.

         Este día era y es el más especial para los más pequeños. Papel fundamental el de los niños en la semana santa. Ellos son  el germen que hay que cuidar  y el relevo para seguir engrandeciéndola.  Precisamente, la primera vez que sale Jesús a escena, en la representación de La Pasión, es  a los niños a los que dirige sus primeras palabras:

                                     Dejad que los niños se acerquen a mí.

                                     Porque de ellos es el reino de los cielos.

                                     Ángeles, yo extiendo mi mano

                                               sobre vosotros y os bendigo.

            Y Triunfante entra Jesús a Jerusalén, al igual que lo hace hoy la Cofradía del mismo nombre cuando llega al templo.

            Jesús contemplando la ciudad exclama:

Oh, Jerusalén, ciudad hermosa,

por tu grandeza y gloria celebrada.

Ciudad altiva, bella y poderosa;

del reino de Judá, joya preciada.

Si fuiste un tiempo rica y venturosa,

hoy debieras, humilde y angustiada,

por vil ingratitud que en ti se encierra,

con triste llanto fecundar la tierra.

Te lo dice, mi acento conmovido

que no cabiendo en mí feroz encono,

aunque me mates tú,

Yo, te perdono.

 

          El Lunes Santo, en mi época no se celebraba nada, pero hoy, el empuje y devoción  de un grupo de jóvenes han engrandecido nuestra Semana Mayor con la incorporación de la Cofradía de Jesús Cautivo y Nuestra Señora de la Merced.

         El Martes Santo,  se trasladaban las imágenes en andas, desde la iglesia a la ermita por la calle Santa Bárbara exclusivamente, acompañados por la banda de música La  Constancia. El motivo era dejar  la iglesia despejada para  poner el Monumento y realizar las confesiones del Miércoles Santo. De aquí el nombre actual de procesión del Traslado. Aquello era un acto sencillo, sin ningún nazareno, pero que congregaba a un grupo numeroso de personas.

         San Juan durante los años de mi niñez no procesionaba, lo hizo años más tarde, cuando se restauró la iglesia; aunque oí contar a mis padres  que la familia Ferrández  tenía en su finca un San Juan,  que solía traerlo los Viernes Santo para la procesión; pero yo eso no lo he conocido.

         Cuando en la obra se representaba la Santa Cena, Jesús les dice que uno de sus apóstoles lo va a traicionar. Juan, el discípulo amado,  exclama:

Con humildad infinita  

que digáis Señor os pido,

si es que soy yo el fementido,

si cabe en mí esa maldad.

                                              ¡Oh, mi divino maestro,

aunque casi soy un niño,

Vos conocéis mi cariño

y santa veneración.

Esta sensación me causa

tal dolor, tanto tormento,

que de angustia y pena siento

 desmayar mi corazón.

 

Y Juan apoyaba la cabeza en el hombro de Jesús

 

          El Miércoles era el día del perdón. Todo el pueblo acudía a confesarse. Recuerdo como Mª  Magdalena, en la Pasión,  arrojándose a los pies del Señor le pide perdón por su mala vida con estas hermosas frases:

“Jesús, tu santa palabra

ha penetrado en mi pecho.

Despertando mi conciencia

en diabólico empeño embargada

nunca vino a turbar mi pensamiento.

Jamás lloraron mis ojos

y ahora ves que llanto vierto.

¡Es tan grande mi amargura

cómo mis pecados fueron!

La luz penetró en mi mente,

¡Adoro a Dios, en Dios creo!

¡Dame el perdón de mis culpas,

a tus plantas te lo ruego!

El vicio manchó mi vida,

la verdad desconociendo,

embriagada en los placeres

que mi ser envilecieron.

¡Y ahora con toda mi alma,

de mis faltas, me arrepiento!

 

         El Jueves Santo era festivo. En este día destaca el Monumento, Su artística rayada y su gran escalinata lo hacían y lo hacen  majestuoso. Al igual que hoy, nos esmerábamos  en embellecerlo y para ello, ya a mitad de la Cuaresma, se sembraban los “mayos”, que junto con las mejores macetas de cada casa, se iban situando en la escalinata.

         El tío Juanico, el Llopis, era el encargado de ponerlo y quitarlo, tradición que continuó  su hijo José María y ahora su nieto. ¡Qué recuerdos, cuántas entradas y salida desde mi casa a la iglesia, en este día!. Y después … ¡Cuántas horas, Señor, junto a tí  acompañándote en el Monumento!.

          El toque de las campanas de metal era sustituido por las campanas de palo. Los chiquillos no jugaban en la calle y todo el pueblo procuraba guardar silencio hasta que resucitase el Señor. Fue en estos años, con la llegada  del Párroco D. José Martínez Sánchez, cuando se comenzó a realizar la Procesión del Silencio con el Cristo de la Salud. Consistía en un Vía Crucis por las calles del pueblo, acompañado  únicamente por el sonido del tambor. 

         Cada vez que  entre tinieblas contemplo al Cristo, me resuenan, entre redoble y redoble, las palabras que  un soldado le dirige a Jesús.

 

Si eres hijo de Dios.

¿Por qué no vienen los ángeles

y te bajan de la cruz?

          Jesús únicamente puede susurrar  

Tengo sed.

         Su madre a los pies de la cruz le dice:

¿Tienes sed Tú, Dios divino?

Tú que diste  a los mares  su afluencia

suspirando por agua.

¡Ay, quién pudiera

con lágrimas que lloro

saciar la sed cruel

que tus labios seca!

          Y Jesús solo contesta:

- Tengo Sed.

         Antes de la procesión, en la iglesia, se  celebraba el Sermón de la “Bofetá”, llamado así porque en él siempre se nombraba el pasaje donde  un soldado abofetea al Señor delante de Pilato:

         Viene a mi memoria,  la escena que al respecto, se recoge en el libreto de La  Pasión.

         Pilato le pregunta:

  - ¿Con que tú  eres Rey?

Jesús le responde:

- Tú lo has dicho,

Yo para eso nací

.

Un soldado le reprende:

                                  -¿Al pontífice respondes con insolentes palabras…?

¡Toma!

 

 

         El Viernes por la mañana, tras el Canto de la Pasión, salía la procesión del Encuentro desde la ermita, con los pasos de Nuestro Padre Jesús, la  Virgen de los Dolores y el Cristo de  la  Salud.

          Actualmente al producirse el Encuentro en la Plaza  de España, frente a mi casa, me aparecen  los recuerdos de las escenas en  la calle de La Amargura, que yo protagonizaba al representar el papel de la Verónica, al ver a Jesús tan dolorido me arrojaba a sus pies y le decía:

 

 “Señor, las pobres mujeres

 no entendemos de justicia,

yo ignoro si la malicia

 vuestra sentencia dictó,

pero inocente o culpable,

Jesús, en este momento

vuestro terrible tormento

 a mi alma impresionó.

Yo creo en vuestra inocencia

y la piedad me domina.

Admiro vuestra doctrina

y os quisiera consolar.

Si aliviar no puedo el peso

de esa cruz que os han cargado,

al menos, que me sea dado

tan bello rostro enjugar.

Lo baña el sudor, la sangre

que brota de las divinas sienes

con que la espinas

pudieron crueles  herir.

¡Qué miro, Dios Poderoso!

¡Es su rostro aquí estampado!

¡Contempla, pueblo menguado,

a quién llevas a morir!

Este milagro patente,

lo demuestra por si solo.

Aquí no hay farsa ni dolo.

¡Miradlo,!

Y seguir en pos de esa gente

que contra él ejerce sus herejías.

¡Hebreos, éste es el Mesías,

¡Éste es el Hijo de Dios! 

 Este lienzo guardaré,

en que tu rostro me dejas,

en señal de que tu gracia,

está en la piedad envuelta.

           La procesión continúa.  Diviso a la Virgen de los Dolores, caminando al Encuentro de  su Hijo. Lamentos y suspiros de madre se me evocan.

 

¡Hijo del alma, hijo mío,

hermoso cielo adorado!

¡Cómo sufro al encontrarte,

cargado con esa cruz!.

¡Cruel momento,

y yo lloro tu tormento,

de rodillas y a tus pies!.

Y pensar que a mi Jesús,

tengo en mis amantes brazos

y desharán esos lazos,

los viles con frenesí,

que por siempre perderé,

mi esperanza, mi ventura.

¡Mi hijo, feroz amargura!

¡Horrible pena! ¡Ay de mí!

   Me brotan las  palabras de esperanza, de consuelo que  Jesús dirige a la Virgen:

 

Madre, modera el dolor.

Recuerda amorosa Madre,

que Abraham también fue padre,

y marchó sin vacilar,

porque Dios se lo ordenó,

con el corazón herido,

y a Isaac, su hijo querido,

estuvo presto a inmolar.

          Nuestro Padre Jesús inicia, a hombros de sus  pilares, con un suave movimiento  su partida, despegándose lentamente  de su Madre.

          La procesión terminará regresando a la  ermita de la Purísima. Aunque antes, no había nazarenos como hoy, solamente Nuestro Padre Jesús, que era acompañado por niños con sus vestas moradas y  haciendo sonar sus campanillas cada vez que dejaban  de tocar las tubas.

         Sobre las tres de la tarde, después de comer, nos volvíamos a concentrar en la

ermita y llevábamos los santos de vuelta a la iglesia y se quitaba el Monumento. Por la noche se realizaba la Procesión del Santo Entierro en donde sólo participaban  la Cruz de los Labradores, el Sepulcro y la Soledad. Con una solemnidad extrema era la procesión más concurrida y las mujeres acompañaban a la Virgen ataviadas con la mantilla española.

           Contemplando al Cristo yacente revivo el fragmento en  donde se relata el entierro. Nicodemo dice a la Virgen:

                                               Señora, llegó el momento

                                               de darle sepultura

                María sollozando pregunta:

  -  ¿Y a dónde vais a llevarle?

             

              A lo que Nicodemo contestaba:

      -   -Tengo Señora un huerto,

      de verde alfombra,

      donde alzan las palmeras

      erguidas copas.

      Donde entre flores

      cantan con dulce trino

     los ruiseñores.

     Cobijado a la sombra

     de la enramada,

     hay un nuevo sepulcro

     de piedra blanca.

     Mañana y tarde,

     música melodiosa

     le dan las aves.

Sepultura que el hombre

      no ha profanado.

      Ésta, a Jesús tu Hijo

      la destinamos.

      Danos licencia

      para que el santo cuerpo

      repose en ella.

 

Y quedaba, la Virgen, sola. Sola en su amargura. Sola en su Soledad.

                      Pobre Madre, cielo y tierra,

                              que en sus quebrantos te imploran.

                              Llorarán como Tú lloras,

                              en tu amarga soledad.

   Terminando con esta escena  “La Pasión y Muerte de Jesús”.

           El Sábado Santo a las diez de la mañana resucitaba el Señor. En ese momento volvían a sonar las campanas a gloria. El pueblo celebraba con gran alegría y estruendo la Resurrección. Los niños colaboraban dando golpes en las puertas con sus mazas, que ya tenían confeccionadas para la ocasión. Iban rompiendo los cacharros que se ponían expresamente para ello en las puertas. Los jóvenes lo festejaban lanzándose cubos de agua.

          El Domingo, culminaban los actos de la Semana Santa  con la  Procesión de las Cortesías. Cristo Resucitado, en la Sagrada Custodia, se encuentra con su Madre, Nuestra Señora de la Encarnación.

          Con esta celebración y los días de esparcimiento posteriores se cerraba el ciclo de Cuaresma, Pasión, Muerte  y Resurrección de Jesús. Y a esperar el próximo año.

           Sólo espero que con este pregón, haya sabido transmitiros mis vivencias y proclamo que sobre todas las cosas creo en Dios, amo a Dios y le agradezco su pasión.

          Muchas gracias.

                                                                    Catral, 13 de marzo de 2.010