Pregón Semana Santa 2011 por el Rvdo. D. José Ruiz Costa
“¡QUÉ PREGÓN TAN GLORIOSO PARA TI, CIUDAD DE DIOS!” (Sal 86)
“A TODA LA TIERRA ALCANZA SU PREGÓN” (Sal 18)
1.- Hasta que comencé aquí entre vosotros, a asistir a los pregones de Semana Santa, la única noción que tenía sobre el pregonar se remonta a mi infancia. Mi familia me llevaba consigo a Benijofar, en donde tenían mis padres un trabajo de temporada. El aguacil del pueblo, el tío Piquín, encargado de pregonar los bandos o edictos que la alcaldía hacía saber para los vecinos. Era una figura menudita, con su gorra y una trompetilla de juguete que hacía sonar para convocar a la gente, generalmente poco instruida en la lectura, pero ávida de saber lo que el pregonero les comunicaba en nombre de otro, en este caso el alcalde. Y comenzaba diciendo: “SE HACE SABER…”
También yo he recibido el encargo de la Junta Mayor de Cofradías y Hermandades de Semana Santa de pregonar a Jesucristo en el misterio de su Pasión, Muerte y Resurrección. Mi pequeña persona se empequeñece aún más ante el encargo recibido. Y, aunque sin trompetilla, lanzo al viento del que me quiera oír, un año más, por la misericordia de Dios, que la comunidad cristiana toda, de la que forman parte las Cofradías y Hermandades se dispone a asombrarse ante el misterio de Dios entregado para nuestra salvación.
Al inicio de la historia de los hombres hay una palabra y una realidad dramática: es el pecado. De consecuencias que podemos llamar cósmicas, que trascienden el espacio y el tiempo, que abarcan al hombre, a toda la comunidad humana y a la creación entera. Si Dios es Creador el pecado es destructor; si Dios es Vida, el pecado es muerte. Dios es Amor, el pecado… ¿Vencerá el odio al Amor? ¿Tendrá la última palabra la muerte?
No. Frente al pecado se levanta Jesucristo, el Hijo de Dios. Restaurador y Redentor del hombre, de la comunidad humana y del mundo. Dios ama inmensamente la Creación y la Vida. Y con amor infinito ama a los hombres, la obra de sus manos, la pupila de sus ojos. No podía resignarse a perder su obra. El hombre se reveló contra Dios, su Creador y Padre. Dios siguió amando al hombre con mayor amor, si cabe. Y ya, desde entonces, con ilusión infinita, le anuncia la Buena Nueva de la venida de Jesús, el cual está no solo dispuesto a entregarse por nosotros, sino que sacrificó realmente su vida por salvarnos: “Él salvará a su pueblo de sus pecados (Mt 1, 21)”Muriendo en la Cruz destruyó la muerte”.
El pecado es destructor, disolvente, homicida… y abundante. Pero la gracia de Cristo nos levanta y libera, nos redime y sobreabunda. Realmente hemos salido ganando. Es la obra de Cristo: “Feliz la culpa que nos mereció tal Redentor” (Pregón Pascual).
El pecado es una realidad. El pecado original y nuestro pecado personal. No cerremos los ojos a esta realidad ni la llamemos con otros nombres. Negar la enfermedad no es amar al enfermo. Es dejarlo sin curación. Y así, negar el pecado no es amar al hombre, es desahuciarlo. Dios, que ama al hombre, ve su pecado y lo salva. El hombre sensato reconoce su pecado y se convierte.
La victoria sobre el pecado obtenida por Cristo nos ha dado bienes mejores que los que nos quitó el pecado:”Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rom 5, 20). Y esta victoria se consumó en la cruz, el amor más grande.
Los hombres construyen rascacielos imponentes, ordenadores sofisticados, autopistas interminables… descubrirán (ojalá sea pronto) remedio para el cáncer, el SIDA y otras enfermedades…lograrán quizás someter a su dominio muchas fuerzas de la naturaleza incontroladas…pero… ¿Perdonar?…Solo Dios sabe hacerlo.
Dar…nos cuesta; aunque a veces lo hacemos. “Per-donar” es dar en grado superlativo. Eso solo Dios sabe hacerlo. Perdonar es amar por encima de todo, a pesar de todo. Y eso es propio de Dios.
Jesús en la Cruz perdonó y excusó a sus verdugos. Por eso al querer comunicarnos en los sacramentos su amistad, su Vida, su Gracia, instituyó el Sacramento del Perdón. Él cura las heridas del pecado y devuelve la paz que el pecado nos quita.
Por eso: SE HACE SABER que la comunidad cristiana es convocada al Sacramento de la Reconciliación en donde Dios devuelve la inocencia bautismal a sus hijos el día 14 de abril a las 21 horas: “…dejaos reconciliar con Dios”(2 Cor 5, 20
Se cuenta del pintor Murillo que buscaba entre sus paisanos de Sevilla modelos para sus cuadros. En cierta ocasión le propuso a una jovencita posar para él accediendo ésta a acompañarle a su estudio. El pintor se felicitaba porque había encontrado una verdadera belleza. Cuando la muchacha se vio ante el caballete de pintura en una postura humilde y piadosa, preguntó al pintor:
-Pero usted ¿qué cuadro va a pintar?
-A lo que Murillo contestó:
-La Purísima
-Entonces la joven recapacitó y dijo al pintor:
-Hoy no estoy preparada. Volveré mañana.
-Al día siguiente, en cuanto la joven regresó le dijo el pintor:
-¿Por qué no quisiste que te pintara ayer?
-Ella contestó: No quise posar para la Purísima aportando solo mi belleza estética. Pensé que la belleza exterior no es suficiente para parecerse a la Virgen. Así que fui a confesarme. Ahora que estoy en gracia de Dios puede usted empezar a pintar.
Quizás esta anécdota nos haga recapacitar a muchos. No bastará llevar las sagradas imágenes de la Semana Santa a hombros y de alumbrarlas con nuestras velas, bien vestidos; también importa la actitud con que se va. El cristiano si va en gracia de Dios va más guapo. La Semana Santa ganaría en mucho con ello.
2.- DOMINGO DE RAMOS: PORTICO DE LA SEMANA SANTA
“Los niños hebreos llevando ramos de olivo salieron al encuentro del Señor aclamando: Hosanna en el cielo” (cf Mt 21, 8-9)
Muchas veces usamos la palabra”cualquiera” en sentido peyorativo. Ser un cualquiera se puede interpretar como ser “un don nadie”, o ser “un sinvergüenza”; y una “cualquiera” se entiende por una mujer de mala vida. San Pablo dice que el Verbo de Dios se despojó de su rango “actuando como un hombre cualquiera” (Flp 2, 6-11). Ya es una humillación para Dios hacerse hombre. Pero, además, de hecho le trataron como a un criminal, perseguido por sus enemigos, abandonado y renegado por sus amigos. Desde la altura del triunfo del Domingo de Ramos Jesús va rodando durante la semana hasta el abismo del sepulcro, pasando por la humillación, la tortura y la muerte en el patíbulo más infamante: la Cruz.
Entre los hombres se necesita poder para triunfar. Es comprensible. Pero Dios realiza en Jesús “el más difícil todavía” lo imposible: triunfar en el fracaso, vencer en la debilidad, jugando con el hombre al gana-pierde del amor. El hombre perdido fue ganado por Dios y para Dios ganando, venciendo a Dios en una Cruz. Aunque parecía “un cualquiera”, Dios lo levantó sobre todo, y le concedió “el nombre – sobre-todo-nombre de modo que al Nombre de Jesús toda rodilla se doble” (Flp 2, 9-10).
La Iglesia y los cristianos no tenemos otro poder que esta debilidad de Dios en Cristo.
Para entender lo que sucedió el Domingo de Ramos en Jerusalén y saber su significado, es importante un detalle: Jesús entra en Jerusalén montado en un asno, el animal de la gente sencilla y común del campo. Y, además, prestado. No llega en una suntuosa carroza real, ni a caballo como los grandes del mundo, sino en un asno que no le pertenece. San Juan evangelista nos dice que, en un primer momento los discípulos no le entendieron. Solo después de la Pascua cayeron en la cuenta de que Jesús, al actuar así, cumplía los anuncios de los profetas, que su actuación derivaba de la Palabra de Dios y la realizaba. Dice San Juan:” Se acordaron que el profeta Zacarías anunció: << No temas, hija de Sión: mira que viene tu Rey montado en un borriquillo >>” (Jn 12, 15) (Za 9, 9)
¿Entendemos la humildad? Jesús, Mesías humilde. Mesías de los humildes a los que llama bienaventurados. Mesías que lejos de buscar su propia gloria se humilla haciendo el oficio de los esclavos lavando los pies a sus discípulos; Él igual a Dios, se anonadará hasta morir en Cruz por amor nuestro.
En su libro “Ilustrísimos Señores”, el Cardenal Luciani patriarca de Venecia y después papa Juan Pablo I escribe: “¡Cuántas veces he creído asistir a los funerales de mi soberbia, creyendo haberla enterrado a dos metros bajo tierra con muchos <<Requiescat>>”(Gori-gori diríamos nosotros), y cien veces la he visto levantarse de nuevo más viva que antes: me he dado cuenta de que todavía me preocupaba la opinión de los demás sobre mí. Cuando me hacen un cumplido tengo necesidad de compararme con el borrico que llevaba a Cristo el día de Ramos. ¡Cómo se abrían reído del borrico si, al escuchar los aplausos de la muchedumbre se hubiese ensoberbecido y hubiese comenzado a dar las gracias a diestra y siniestra con reverencias de “Prima donna”! Y me digo: ¡No vayas tu a hacer un ridículo semejante!”
“En ese pondré mis ojos: en el humilde y el abatido que se estremece ante mis palabras” (Is 66, 2). Humildad es lo que Dios dice y se hace, no la cabeza doblada como ganso en lo que yo quiera. Dios mira a los humildes y se inclina hacia ellos.
El que se humilla en la prueba bajo la omnipotencia del Dios de toda gracia y participa en las humillaciones de Cristo entregado y crucificado, será como Jesús, exaltado por Dios y participará de la gloria del Hijo, contado entre los humildes.
“Para enamorarse Dios del alma no pone los ojos en su grandeza, sino en la grandeza de su humildad” (San Juan de la †) Y humildad es callar cuando me pisan, humildad es reprimir el amor propio, la consideración de mí y de mis obras; humildad es pasar desapercibido, sin ser notado, perderse en Dios, hacerse nada para no quitarle brillo a Él ni a los otros. “Sed humildes unos con otros porque Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia los humildes” (I Pe 5, 5).
Porque “humilde es quien se esconde en su propia nada y se sabe dejar en Dios “(San Juan de la †).
Humildad siempre, y antes que nada: antes que el apostolado la humildad; antes que la oración, humildad; antes que el sacrificio, humildad.”El cimiento de la vida espiritual va fundado en humildad y mientras más se abaja un alma en la oración más la sube Dios” (Santa Teresa de Jesús). No te subas, que te subirán. Más vale humildad sin oración que oración sin humildad.
Humildad es perfume de santos que notan todos menos el que lo lleva. Aprendamos de la humildad de Jesús, Rey en borriquilla.
SE HACE SABER, pues, que el Domingo de Ramos somos convocados a cantar: “Gloria, alabanza y honor, cantad Hosanna y haceos como los niños hebreos al paso del Redentor. Gloria, alabanza y honor al que viene en el nombre del Señor (Antífona del Domingo de Ramos)
3.-JUEVES SANTO. DÍA DEL AMOR FRATERNO
“Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo los amó hasta el extremo” (Jn 13,1)
Dios ama al ser humano. Lo ama hasta el fin, hasta el extremo. Se desprende de su condición divina y se arrodilla ante nosotros desempeñando el servicio del esclavo; lava nuestros pies sucios para que seamos admitidos a su mesa, algo que por nosotros mismos no podríamos hacer jamás. Dios desciende y se arrodilla. Solo el amor tiene fuerza purificadora y nos eleva a la altura de Dios, nos hace capaces de Él. Su amor es inagotable y no tiene topes ni condiciones. No me ama porque soy bueno, ni solo cuando lo soy. Me ama porque Él es bueno y su amor me hace bueno. El amor del Señor no tiene límites, pero el hombre puede poner un límite al amor. ¿Qué es lo que mancha al hombre? El rechazo del amor, el no querer ser amado, el no amar. Es la soberbia que no quiere admitir que necesitamos de limpieza de corazón.
El Señor hoy nos pone en guardia contra la autosuficiencia que pone límite al amor ilimitado.
EUCARISTIA: La Iglesia ha recibido la Eucaristía de Cristo, su Señor, no solo como un don entre otros muchos, aunque muy valioso, sino el don por excelencia, porque es don de sí mismo, de su persona. (Juan Pablo II) Aquí está todo el bien de la Iglesia porque la Eucaristía es Jesucristo y Jesucristo es todo el bien de la Iglesia. Jesús se quedó en la Eucaristía por amor a nosotros sobre todo para alimentarnos: “El que me come vivirá por mí”. Y “Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo” (Jn 6, 58. Mt 28, 20)
Solo por amor puede Dios hacerse pan para que lo partamos e invitarnos a hacernos pan para todos los que andan hambrientos. La participación del Cuerpo y Sangre de Cristo no hace otra cosa sino convertirnos en lo que recibimos. Jesús se da sin medida. Jueves Santo que reluce más que el sol. Presencia permanente del Señor a nuestro lado. Dios que se nos da en comida haciéndose más intimo a ti que tú mismo. Y con ello no lo cambiarás a Él en ti, sino que te convertirás tú en él. Misterio de nuestra fe. Centro de nuestra fe. La Sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor es una presencia con una intensidad única. Es “La fuente y la cumbre de la vida cristiana” (Vat II LG 11). La mirada de la Iglesia se dirige continuamente a su Señor, presente este día en el Monumento, en el cual descubre la plena manifestación de su inmenso amor. Del misterio pascual nace la Iglesia. Por eso la Eucaristía, que es el misterio por excelencia, está en el centro de la vida eclesial. Desde los Apóstoles: “Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a la oración” (Hch 2, 42).
Después de más de 2000 años seguimos reproduciendo aquella imagen primera de la Iglesia. Y mientras lo hacemos, los ojos del alma se dirigen a aquella cena y después de ella. La Eucaristía anticipaba sacramentalmente estos hechos.
En el día del amor fraterno, día de la Eucaristía, SE HACE SABER que “el Señor nos ha dado ejemplo” (cf. Jn 13,15) lavándonos los pies unos a otros. Que cada obra buena a favor del prójimo, de los que sufren, es un servicio como lavar los pies. SE HACE SABER, nuevamente, que el Jueves Santo, Jesucristo mismo partirá para nosotros el pan Eucarístico y lavará los pies a algunos miembros de la comunidad cristiana, símbolo de su amor y de su entrega por nuestra salvación.
4.-VIERNES SANTO. LA PASIÓN Y LA CRUZ
Se cuenta de Ciro, Rey de Persia. Durante una de sus campañas guerreras venció a un príncipe de Libia. El príncipe fue llevado con su esposa e hijos ante Ciro, el cual le preguntó:
-¿Qué me darás a cambio de tu libertad?
-La mitad de mi reino- fue la respuesta del príncipe.
-¿Y por la de tus hijos?, siguió preguntando Ciro.
-La otra mitad.
-¿Qué me darás entonces por la libertad de tu esposa? Volvió a decir el rey Persa.
El príncipe se dio cuenta de que se había precipitado al ofrecer todo lo que tenía olvidándose de su esposa. Meditó un momento y dijo con firmeza:
-Por la libertad de mi esposa me ofrezco a mí mismo.
El Rey Ciro quedó tan sorprendido al oír aquella respuesta que dejó en libertad al príncipe y a toda su familia, sin exigir rescate ni fianza.
Al regreso a casa, el príncipe preguntó a su esposa si se había fijado en la cara serena y altiva del soberano persa. Delicadamente la esposa contestó:
No miré ni vi nada; solo tenía los ojos puestos en aquél que estaba dispuesto a entregarse a sí mismo para conseguir mi libertad.
Jesucristo no solo estaba dispuesto a entregarse por nosotros sino que sacrificó realmente su vida para salvarnos. ¿En quién habremos de fijar nuestros ojos, sólo y siempre?
En el camino de la Cruz el Dios de la creación se reveló como el Dios de la Redención. En todo el universo solamente Cristo ha dado satisfacción al amor eterno del Padre. Dios, que detuvo la mano de Abraham alzada contra su hijo, sacrificó sin embargo a Jesús, el que no tenía pecado, para revelar su verdadero amor a los hombres.
Dios lo puso en el camino del Calvario, cargado con la cruz de todos los pecados de la humanidad, y Cristo cayó una, otra y otra vez bajo la cruz de la Redención. Jesús cayó por nuestras culpas.
En el plan divino las mismas tres cosas que cooperaron en estas caídas lo hicieron también en la Redención. Para un hombre desobediente, Adán, hubo un nuevo Adán, Cristo; para una mujer orgullosa, Eva, hubo una nueva Eva humilde, la Virgen María; para el árbol prohibido del paraíso, hubo también otro árbol, el de la Cruz. Cada uno de nosotros vino a este mundo para vivir. Cristo, al revés: vino para morir. La muerte fue la razón de su venida. La Escritura le llama el cordero sacrificado desde el principio del mundo. “Nadie me quitará la vida, sino que yo la entrego por mí mismo” (Jn 10, 18).
El mundo actual que niega la culpa personal y admite solamente los crímenes sociales, que no tienen lugar para el arrepentimiento personal, sino solo para las reformas públicas, ha divorciado a Cristo de su Cruz. La Cruz sin Cristo es un sacrificio sin amor. Aun ahora, cuando nuestros pecados fuerzan a Jesús a caer bajo la Cruz. Nosotros pretendemos en vano separar a Cristo de su Cruz. Muchos preferiríamos ver al Cristo rey, Cristo del Tabor, y no al Cristo sangrando bajo la Cruz. Querríamos ver una victoria y llegar a la gloria sin lucha ni arrepentimiento. Quisiéramos un Cristo tan tolerante que fuera indiferente a la virtud o al vicio. En esta hora en que muchos sufren con el corazón roto y a solas volvemos nuestros ojos hacia Jesús agotado bajo el peso de la Cruz, que escogió aceptar nuestros pecados y redimirnos con su sangre.
Durante la Semana Santa meditamos la Pasión de Nuestro Señor para seguir al Cristo de las llagas. Lloramos de pena junto con nuestros hermanos los enfermos, los que sufren, los prisioneros, los moribundos y los desamparados; los niños que mueren por falta de pan, los mártires que sufren y mueren por amor de tu reino, por los que en su agonía gritan:
-¿Sabe Dios lo que es sufrir?. –Sí lo sabe.
-¿Fue alguna vez traicionado? – Sí lo fue.
-¿Se sintió abandonado?-Sí se sintió.
-¿Alguna vez se estremeció su cuerpo de dolor?-Sí.
¡Oh Jesús, caído tres veces, mira también nuestras llagas en nuestros cuerpos, llagas del miedo, de la ansiedad y de la amargura, llagas del odio y llagas del amor!
Señor, te abrimos las puertas de nuestra vida, queremos la conversión y la reconciliación contigo y con nuestro prójimo: queremos crecer en fe, oración, ayuno, penitencia, en esperanza y en gracia. Oh, Jesús, aun después de la tercera caída, cerca de la cumbre del Gólgota, tú te levantaste. Así, Señor, hasta el fin de nuestras vidas por duro que sea el camino hacia nuestra redención, por largo que sea, levántanos siempre. Porque el cansancio en el camino de Cristo es de todos. y de siempre. Permítenos ayudarte con tu Cruz en penitencia de nuestros pecados, pues en ti está nuestra vida. Señor de amor y misericordia, crucificado por nuestros pecados, ten piedad.
Veneramos, Cristo, tu Cruz. Es tu Cruz la que ha traído la felicidad a este mundo. Por eso, sin cesar, rezamos y cantamos con tus ángeles y tus santos alabanzas a ti, Cristo Redentor, porque fuiste al suplicio de la Cruz, destruiste la muerte con tu muerte. “Tú eres la resurrección y la vida” (Jn 11, 25)
Lo contaba un misionero. A su choza llegó una niña pidiendo una estampa. No le fue difícil encontrar una. Pero la niña no parecía satisfecha. Y siguió pidiendo: ¿No tendría, Padre, una estampa de Jesús clavado en la Cruz? También la encontró y se la ofreció. ¿Y por qué prefieres esta?, preguntó el misionero. La niña respondió, sin dejar de mirar la figura de Jesús crucificado: No sé, Padre, pero cuando veo a Jesús en la Cruz me dan ganas de ser mejor y no ofenderle más.
SE HACE SABER que el Viernes Santo, es día de ayuno y abstinencia por la Pasión y Muerte del Señor. Estamos convocados a apretarnos alrededor de Cristo para que no le falte nuestra cercanía y nuestro amor, para suplir hoy el abandono de sus discípulos, sus negaciones y su traición. Porque amor con amor se paga.
5.- DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCION DEL SEÑOR
¡RESUCITÓ, ALELUYA!
Una mujer, María Magdalena, corre de madrugada, cuando todavía estaba oscuro; le mueve el deseo de la persona a la que ama, ve la piedra quitada del sepulcro y, con ella la historia abierta definitivamente hacia la vida. Dos hombres corren también hacia el sepulcro, el anuncio de la mujer lo saca de casa; uno ve pero no entra, el otro entra y al principio no ve. Son torpes los ojos cegados por otras luces, es lenta la mirada que busca un cuerpo conocido que piensa encontrar muerto. Al final de la carrera una tumba vacía y unas vendas por el suelo y un vuelco en el corazón:
“¡No está aquí, ha resucitado¡”. El que se había dejado querer tanto supo reconocer y sintonizar con la vida diciendo “Está aquí”, latiendo aunque no podamos verle. Y, entonces, a casa, a contarlo. Cuando atravesamos circunstancias de “vida sepultada”, cuando no sabemos qué hacer ante el dolor de los seres queridos, cuando estamos cerca de personas que viven realidades de desesperanza, de no ver salida, cuando estamos tentados de decir “no hay nada que hacer”, o “las cosas no van a cambiar”…María Magdalena nos enseña lo que pude llegar a hacer el amor cuando nos toca el corazón.
Es ella la que descubre el primer indicio de algo inesperado “la piedra del sepulcro está quitada” y salió a dar la Buena Noticia. Es ella la que provoca que Pedro y Juan salgan corriendo y que Juan se pueda acordar de que Jesús lo había anunciado. Los primeros en creer fueron los que se sabían amados por Jesús. La fe cristiana no es un esfuerzo por ver lo que nadie ve, por afirmar lo que nadie comprende; la fe en Cristo nace de la certeza y el agradecimiento de sentirse querido por Él. El que mejor cree es siempre el que más amado se sabe y se siente. María y Juan y Pedro son capaces de creer sin pruebas. Porque solo el amor es digno de fe, o mejor, de creer en la Resurrección del Señor amado cuando solo se ve su mortaja. La visión de los días siguientes será el premio a la fe.
Para creer, tanto aquel día como hoy más que ver hace falta saberse querido; El amor es la fe que afirma la existencia del Amor aunque todavía no logre verlo y tocarlo, solo porque lo presiente y lo siente agradecido. Quien se siente amado presiente la presencia de su Amor, la adivina, porque aunque no lo vea, no puede negar sus sentimientos. Hay, pues, una forma de creer, la más segura, la mejor probada, que se basa no en cuanto puede verse sino en lo que se está experimentando. Que no nace de cuanto uno espera, sino que surge de cuanto uno tiene, que no necesita tocar para creer, porque se sabe tocado.
No deja de ser sorprendente que de la tragedia del Viernes Santo se llegue a la luz del Domingo de Resurrección. No deja de ser sorprendente que aquellos hombres y mujeres asustados que abandonan al Maestro y lo ven desde lejos morir ajusticiado y abandonado de todos comiencen con un ardor nuevo a predicar su nombre y el mundo se les quede pequeño para proclamar que Jesucristo vive. No deja de ser sorprendente que aquel hombre a quien siguieron unos pocos, que vivió en la más absoluta pobreza y acabó entre la burla de sus contemporáneos, al cabo de 21 siglos siga siendo piedra de toque para todo el mundo.
Nosotros sabemos que el fundamento de esa extrañeza está en la Resurrección de Cristo; nosotros sabemos que la razón de esa inexplicable expansión y permanencia del cristianismo está en el hecho de que a Cristo no hay que buscarle entre los muertos, sencillamente porque está vivo, es Dios de vivos y, todavía más: es la Vida. Nosotros lo sabemos y por eso la Resurrección fundamenta toda nuestra esperanza y justifica nuestra “rareza”, y explica la forma que tenemos de andar por el mundo.
6.-Queridos hermanos-as, el Misterio Pascual se realiza y actualiza para nosotros en la Sagrada Liturgia de los Sacramentos. Participar de ellos es la mejor forma de celebrar la Semana Santa, sobre todo recibirle en la Sagrada Comunión. Pero su grandeza supera y desborda la capacidad del Templo, saliendo a las calles y haciendo de ellas una ampliación del espacio santo por la presencia de las Sagradas imágenes del Señor, de la Virgen y de algunos santos en las plazas y calles por las que habitualmente circulamos realizando otros menesteres como ciudadanos que somos. Todo Catral un templo y a todas las horas. Los cofrades, hermandades y costaleros-as lo hacen posible al modo como los amigos del novio lo llevan a hombros en su boda y, con otro sentir en su muerte a su amigo joven. Nutrámonos de las celebraciones Litúrgicas y, después, salgamos a la calle como testigos del mayor Amor, tanto en su Muerte como en su Resurrección.
Las procesiones de Semana Santa más que un hermoso espectáculo son catequesis bíblicas, de hondo contenido de la fe que profesamos en el Hijo de Dios.
Este año la Iglesia Diocesana dedica su objetivo pastoral prioritario a la presencia del cristiano en la calle. No encontraremos mejor expresión ni más numerosa y cualificada que los desfiles procesionales de estos santos días. Sin embargo, sigue notándose la ausencia de los creyentes en la vida social. El Papa Pio XI decía ya en su tiempo que “El gran problema de nuestro tiempo no son las fuerzas negativas sino la somnolencia de los buenos”. Tomamos la calle en las procesiones, pero no nos implicamos en la participación ciudadana. Los valores evangélicos están ausentes de la vida social.
Quizás siga siendo verdad que el laicado cristiano es un gigante dormido. Gigante por su número. Dormido por su inhibición. Cuando se legisla contra la vida del hombre no se puede sestear.
Por última vez SE HACE SABER que todo cristiano está llamado a ser testigo de Jesucristo Resucitado en todos los ambientes en los que se desarrolla su vida. El mundo de hoy no necesita tanto testigos de la muerte del Hijo de Dios como Tomás, que para creer pide meter sus dedos en los agujeros de sus clavos como testigos de que está vivo. Y nada como la alegría de vivir da testimonio de nuestra fe en el Resucitado.
Que el Señor me los bendiga a todos; que la Purísima les proteja de todo peligro; que los Santos Juanes les mantenga firmes en sus convicciones de fe; y que Santa Águeda se haga presente junto a los enfermos y a todos los que sufren.
ALABADO SEA JESUCRISTO.
Rvdo. D. José Ruiz Costa (Parroquia de los Santos Juanes, Catral y sábado 2 de abril de 2011)
